martes, 6 de octubre de 2009

Por una salida mexicana a la crisis.

Por Roberto ESCAMILLA PÉREZ.

“Que pague más quien más tiene, menos quien menos tiene y nada quien nada posea”


Nadie puede negar que los revolucionarios mexicanos de todas las épocas estuvieron influidos por ideas, doctrinas o principios que tuvieron su origen en otros pueblos, en otros países, pero que, por ser de carácter avanzado y promotores del progreso de los pueblos y de las naciones del mundo, se volvieron universales y fueron adoptados por ellos, aplicándolos de acuerdo a las condiciones y circunstancias de nuestra patria, pero también que rechazaron todas aquellas tesis contrarias al avance de la humanidad, impuestas por lo general por las clases y países dominantes con el fin de sojuzgar y someter a otros.

Los primeros pasos hacia el abismo.

Así, hace ya aproximadamente 27 años, durante el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado, a nuestro pueblo, a la patria mexicana, les fueron impuestas, por parte del gobierno norteamericano, de las trasnacionales y de sus instrumentos financieros como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), tesis reaccionarias en el ámbito social, político y económico, resumidas en lo que hoy llamamos neoliberalismo.
Nuestro México, que hasta ese momento, aunque con obstáculos y traiciones, había avanzado por su propia ruta, por el camino abierto por la Revolución Mexicana iniciada en 1910, empezó a ser conducido hacia un callejón sin salida, hacia el abismo, primero por los grupos reaccionarios que siempre han existido al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), encabezados por Salinas de Gortari, y después por el partido de la derecha mexicana, tradicional enemigo de todo progreso, el Partido (de) Acción Nacional (PAN), instrumento de la gran burguesía nacional y trasnacional, y del clero político.

Inicia la resistencia a las políticas neoliberales.

Es en aquella época en la que se inicia, por parte de los sectores y partidos más avanzados y consecuentes, la resistencia, la lucha en contra de las ideas neoliberales y de la política económica aplicada por los gobiernos federales, siendo sus momentos más destacados el combate parlamentario que, desde aquellos años, libraron los diputados federales del Partido Popular Socialista (PPS) y el debate ideológico de altura que este partido impulsó a nivel nacional para desenmascarar el carácter reaccionario del neoliberalismo, o del llamado “liberalismo social” como lo bautizó Salinas de Gortari.
Partiendo de esa lucha de carácter ideológico, de la toma de conciencia de importantes sectores del pueblo mexicano y del descontento que se empezó a generar, inclusive al interior del propio PRI, entonces en el gobierno, surgió el Frente Democrático Nacional (FDN), organismo formado por el propio PPS, la llamada Corriente Democrática (CD), salida del PRI, el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), y que lanzó como candidato a la Presidencia de la República en las elecciones federales de 1988 a Cuauhtémoc Cárdenas.
Ya casi al final de una exitosa y gran campaña, a la candidatura del FDN se sumó el llamado Partido Mexicano Socialista (PMS), antecedente, junto con la CD, del PRD, con su candidato Heberto Castillo, quien se había quedado prácticamente solo y aislado del gran movimiento popular que se había gestado en torno al Frente.
A partir de entonces las movilizaciones en contra de las políticas económicas neoliberales aumentaron, sumándose a la lucha decenas de organizaciones de todo tipo, como el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), el de Teléfonos de México, el del IMSS y el de la UNAM, entre los más destacados, contra los cuales el gobierno panista ha enfocado su política antisindical de corte fascista para tratar de dividirlos y hacer que desistan de la lucha consecuente que llevan a cabo a favor de sus legítimos derechos y de los intereses del pueblo y de la nación.
Posteriormente surgió el Frente Amplio Progresista (FAP), un movimiento popular más vigoroso y combativo, aunque aún falto de un programa tan avanzado y completo como el que tuvo el FDN en 1988, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, movimiento al que le fue arrebatada la Presidencia de la República en el 2006, y en el que el pueblo de México y sus sectores más progresistas tienen puestas sus esperanzas.

Al borde del abismo.

El camino por el que hasta ahora nos han conducido los gobiernos neoliberales nos tiene cerca del abismo, al borde de una confrontación violenta entre los mexicanos, y ha sumido al pueblo en la más grande miseria y desesperación.
La privatización de la economía nacional, de la tierra y de las instituciones de gobierno, y la que se hace de manera permanente con la educación pública y la seguridad social; la contención salarial y, por consecuencia, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios; la disminución del presupuesto destinado a la educación, a la salud, y a la ciencia y tecnología; la política antisindical del gobierno federal; la eliminación de subsidios directos al pueblo y la creación de otros destinados a premiar la incapacidad y corrupción de la gran burguesía (como el IPAB-Fobaproa).
Además, el aumento de los impuestos y la creación de nuevos; el encarecimiento de productos y servicios que proporciona el Estado a sus diferentes niveles (como el transporte, la recolección de basura, el agua potable, el diesel y la gasolina); la apertura indiscriminada a las inversiones extranjeras; el comerciar casi exclusivamente con los Estados Unidos de Norteamérica, y otras políticas de gobierno de corte neoliberal, lo único que han conseguido es agudizar las contradicciones propias del régimen capitalista dependiente y subdesarrollado en el que vivimos, generar la crisis que estamos padeciendo y poner en grave peligro la paz social en nuestro país.

La salida mexicana a la crisis.

Más de lo mismo es el camino que propone el gobierno federal panista, la reacción y los neoliberales en general, es lo que “recomiendan” todos los días el FMI y el BM, instrumentos financieros de los países imperialistas, y hoy hasta la devaluada Organización de las Naciones Unidas (ONU), ahora poniendo de pretexto a los pobres entre los pobres; pero este camino ya es rechazado por la inmensa mayoría de mexicanos, por todos los que no votamos por el PAN en las elecciones federales realizadas en este año, por el simple hecho de que esas políticas van en contra del progreso y del pueblo y de la nación.
Para salir de la crisis sólo existe una vía, un camino, el abierto por la Revolución Mexicana iniciada en 1910, que se propuso el logro de tres objetivos fundamentales: nuestra plena independencia política y económica respecto de las potencias extranjeras, la elevación constante del nivel de vida del pueblo mexicano y la ampliación de nuestro régimen democrático.
Este camino de progreso propone que en lugar de privatizar se deben fortalecer las empresas del Estado, y nacionalizar aquellas industrias y recursos naturales que sean estratégicos para un desarrollo independiente y con progreso social del país; establece que lejos de debilitar al ejido se le debe proteger y dotarlo de las condiciones necesarias para hacerlo nuevamente productivo, y base de la producción y de la autosuficiencia alimentaria de nuestro país, como lo fue en el pasado; señala que en vez de debilitar la educación pública y la seguridad social, se debe aumentar su presupuesto para hacerlas de mayor calidad y con cobertura universal, apegadas siempre al espíritu constitucional.
Se propone sustituir la política de contención salarial por otra que haga que los salarios recuperen su poder adquisitivo, fortaleciendo así el mercado interno y mejorando el nivel de vida de los mexicanos; en lugar de disminuir el presupuesto destinado a ciencia y tecnología, y a las instituciones de educación superior, impulsa su incremento real para lograr nuestro pleno desarrollo e independencia en este aspecto, y su vinculación con nuestra economía.
Antes que pensar en eliminar subsidios destinados al pueblo, se propone crear empleos para que los primeros se hagan innecesarios, y, eso sí, desaparecer aquellos destinados a enriquecer a los más ricos, como el IPAB-Fobaproa, en el que se gastan miles de millones de pesos de manera criminal; en sustitución de la política de aumentar los precios en los bienes y servicios que proporciona el Estado y los particulares, este camino revolucionario implica implementar el control de precios y la escala móvil de salarios.
Lejos de aumentar los impuestos y crear otros, señala que se debe implementar una política fiscal integral bajo el principio de que paguen más quienes más tienen, menos quienes menos tienen y nada quienes nada posean; en vez de que nuestro país siga siendo un paraíso para las inversiones extranjeras, se propone regular su presencia en nuestro territorio, admitiéndolas sólo con carácter complementario, en áreas no estratégicas de la economía y en las que no signifiquen un peligro para nuestra seguridad, desarrollo e independencia nacional, impulsando, por lo contrario, a la pequeña y mediana industria nacional.
Finalmente, la vía abierta por la Revolución Mexicana implica que en lugar de comerciar casi exclusivamente con los Estados Unidos de Norteamérica, urge diversificar nuestro comercio exterior para hacerlo con la mayor cantidad de países posibles y en condiciones de real beneficio mutuo, porque de esta manera nuestro país evitará la dependencia enfermiza que hoy padecemos respecto a la economía norteamericana.

Un camino probado.

Implementar estas medidas es una garantía para darle una salida progresista a la grave crisis por la que atravesamos, porque contribuirían a aliviar las contradicciones que le dieron origen, es decir, habría una menos injusta distribución de la riqueza, aumentaría el bienestar del pueblo y el poder adquisitivo de los salarios, se fortalecería el mercado interno y la economía nacional empezaría a crecer sostenida y sanamente, con independencia y progreso social, fórmula que no inventamos nosotros, sino que es fruto de la experiencia acumulada por los mexicanos desde su lucha por la Independencia hasta la época actual, pasando por la Reforma y la Revolución Mexicana iniciada en 1910.
Sin embargo, el gobierno federal panista nunca pondrá en práctica estas medidas debido a su esencia reaccionaria, por estar al servicio de la gran burguesía nacional y trasnacional, por ello la importancia de vigorizar al FAP y al movimiento encabezado por López Obrador, de convertirlos en un gran frente, lo más amplio posible, de las fuerzas democráticas, patrióticas, progresistas y antiimperialistas, continuador de las luchas históricas del pueblo mexicano, para hacer realidad la formación de un gobierno integrado por dichas fuerzas y capaz de implementar un programa como el ya señalado.
Parafraseando al maestro Vicente Lombardo Toledano, genial líder de la clase obrera mexicana, diríamos que la Revolución es como un tren, en cuyo trayecto unos se suben y otros se bajan, pero que al final, más temprano que tarde, inevitablemente llegará a su destino, y a cada uno de nosotros, como individuos o como organizaciones, nos corresponde decidir si lo abordamos y arribamos junto con él al México con el que soñaron Hidalgo, Juárez, Morelos, Villa, Zapata, Madero, los Flores Magón, Lázaro Cárdenas y el propio Vicente Lombardo Toledano, entre muchos otros grandes mexicanos.
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