martes, 19 de febrero de 2008

México 1810… 1910… ¿2010?

Por Roberto ESCAMILLA PÉREZ.

“Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales”. Luis Donaldo Colosio.

Ante mis ojos tengo una lista de los diputados federales panistas y priístas, de la LV Legislatura federal, que aprobaron, en diciembre de 1991, las contrarreformas al artículo 27 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, propuestas por el entonces presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, y que tuvieron como propósito principal privatizar y destruir el ejido.
En esta lista destacan nombres como los de Felipe Calderón Hinojosa (panista, hoy Presidente de la República con el rechazo de la mayoría de los mexicanos), Diego Fernández de Ceballos (PAN) y Miguel Ángel Yunes Linares (entonces del PRI y hoy flamante director del ISSSTE del gobierno panista), entre muchos otros.
Mientras que la mayoría de estos ex diputados hoy aún gozan de los frutos de su traición a la patria, como producto de dichas reformas reaccionarias ha resurgido el latifundio en el campo, el ejido desaparece rápidamente, los conflictos por tierra aumentan, miles de campesinos huyen hacia los Estados Unidos de Norteamérica o hacia las ciudades para poder sobrevivir, y su miseria y desesperación son cada vez mayores.
Los pretextos que se manejaron para, en aquel entonces, modificar el 27 constitucional y destruir el ejido, son en esencia los mismos que hoy se plantean para privatizar la industria petrolera y eléctrica, la seguridad social y la educación pública: el ejido es “ineficiente e improductivo”, hay que “modernizarlo”, “eficientarlo”, para aumentar la producción en el campo y “mejorar” las condiciones de vida de los campesinos.
A los hombres del campo se les dijo que habían sido inmaduros, casi deficientes mentales, pero que ya habían llegado a la “mayoría de edad”, que debería dárseles “seguridad” en la tenencia de la tierra, convertirlos en “dueños” de sus parcelas y tener la “libertad” de hacer con ellas lo que quisieran.
Pero sucedió que, y esto los neoliberales sabían que iba a ocurrir, los ejidatarios, en medio de su miseria y desesperación generada por las mismas políticas del gobierno, ante la falta de créditos oportunos y baratos, precios de garantía, insumos, fertilizantes, maquinaria, sistemas de riego y mercado para sus productos, se han visto obligados a rentar o a vender las tierras ejidales a grandes empresarios nacionales y extranjeros, y a políticos corruptos y ambiciosos, surgiendo latifundios capitalistas y los antes ejidatarios se están convirtiendo en peones en sus propias tierras, más miserables y desesperados que nunca, carentes en lo absoluto de prestaciones sociales y de una organización que defienda sus derechos como trabajadores asalariados del campo.
No vamos a hablar, por esta vez, acerca de la falsedad de las aseveraciones de los neoliberales respecto al ejido, porque la realidad que estamos viviendo demuestra de manera clara y contundente que sus argumentos constituyeron un engaño y una traición al pueblo mexicano y a nuestra patria, bastaría sólo hacer, tal vez, un mapa de los propietarios de tierras de hace 16 años y compararlo con uno de ahora, y entonces veríamos que los viejos ejidos hoy están en manos de ricos extranjeros y nacionales de muy “ilustres” apellidos, hacia quienes sí canaliza grandes apoyos el gobierno neoliberal y la banca extranjera.
Sólo agregaremos, por ahora, que quien asumió la defensa consecuente del ejido en la Cámara de Diputados, y la encabezó, fue el Partido Popular Socialista (PPS), apoyado por destacados miembros de la fracción parlamentaria del Partido de la Revolución Democrática (PRD), como Alejandro Encinas y Rosalvina Garavito Elías, asumiendo su responsabilidad ante la historia, con honor y para orgullo de las nuevas generaciones de mexicanos.

Aprendamos de nuestra experiencia histórica.

En la Revolución de Independencia de 1810 y durante el periodo de la Revolución Mexicana comprendido entre 1910-1917, su etapa armada, muchos caciques, latifundistas, hacendados y curas reaccionarios y enemigos del pueblo fueron fusilados, vieron allanadas sus propiedades y regresadas al pueblo sus posesiones y riquezas mal habidas, en acciones llevadas a cabo por miles de revolucionarios, principalmente campesinos desesperados, “con hambre y sed de justicia”. Esto sucede en casi todas las revoluciones: es tocado y destruido todo lo que las clases privilegiadas creían intocable e indestructible.
Ningún mexicano sensato quiere que estos hechos violentos vuelvan a ocurrir, pero esto lo deberían tomar en cuenta, y muy seriamente, todos los que hoy dirigen los destinos de México, tanto a nivel federal, estatal y municipal, particularmente ahora que estamos por celebrar, en el 2010, el bicentenario del inicio de la lucha por nuestra independencia y el centenario del inicio de la Revolución Mexicana, pues son lecciones que no debemos olvidar.

EL POEMA.

CUANDO LLEGA EL MOMENTO DE MARCHAR,
MUCHOS NO SABEN
que su enemigo marcha a la cabeza.
La voz que los manda
es la voz de su enemigo.
El que habla del enemigo
es el propio enemigo.

Bertolt Brecht.

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